Jesucristo no juzga a las personas por su apariencia, sino por su corazón. Su mirada no es cínica, sino sincera y misericordiosa: ve las heridas, la culpa, la añoranza, y te llama no al éxito, sino a la sanación y a la identidad.
Jesucristo se encuentra con las personas con verdad y misericordia. No exige logros, sino sanación y una nueva identidad.